El Desapego

Cuento cedido por Volcán.

CUENTO – “EL  DESAPEGO”  (1)

        

         Cada año un matrimonio  con sus tres hijos pequeños, celebraban en el calor del hogar, las navidades  y el día de reyes. Ponían todo su empeño para que los pequeños  gozaran plenamente, adornando con esmero el árbol navideño, con los niños a su alrededor, ilusionados,  recreándose en  el colorido y esplendor de todo lo que lucía en el arbolito.

         La noche en que se esperaba la llegada de los Reyes Magos, los niños se acostaban esperanzados e inquietos, deseosos que se hiciera de día para ver sus regalos. A la mañana siguiente, el bullicio resonaba por toda la casa, con la alegría de los niños, entusiasmados y contentos.

         Cierto año, los acontecimientos cambiaron, el padre había fallecido, recayendo toda la responsabilidad en su esposa, que hacía grandes esfuerzos, para que los pequeños no perdieran la ingenuidad en estas sublimes fiestas.   

         Aquellos niños fueron creciendo, se habían hecho adultos, cada cual siguió su camino, independizándose. Se fueron casando, alejándose así, del hogar materno y de todo lo que conllevó el encanto de su niñez.

         Aquella santa madre, mientras pudo valerse no necesitó de ningún cuidado, ella en soledad, vivió intensamente de sus recuerdos. Pero se fue haciendo mayor, y  los achaques hicieron mella en ella, enfermando. Su hija que era la más cercana, le atendía, pero la fatalidad de un accidente,  la inmovilizó, teniendo que guardar reposo, imposibilitándola  de todo quehacer. En tales circunstancias, llamó a sus hermanos, que vivían en otras  ciudades. Vinieron los dos hijos, y argumentaron que ellos no podían hacerse cargo, que lo más conveniente era ponerla en una residencia, y así lo hicieron.

         Allá quedó aquella pobre mujer, ya no tenía su hogar, ya no tenía a sus hijos, ya no tenía el cariño de aquella familia que un día compartió con tanto amor y ternura. Todo se había esfumado, todo le parecía un sueño, una pesadilla. ¿Dónde estaban sus seres queridos? ¿Dónde?

         Tenía una vieja foto, protegida  dentro de  un pañuelo, que guardaba en su pecho, allí estaba su esposo y sus niños. En su perturbada mente,  alimentaba así,  sus añoranzas y nostalgias. Aferrada a un pasado ya lejano, sin moralidad de sentimiento humano.      

         Cuando la escarcha rociaba la tierra, y como algo sobrenatural la envolvía, expiró en aquella ambigua y estoica residencia, sin el calor de su familia. Nadie estuvo presente, ningún ser querido cerró sus ojos.  En el sepelio, solo asistieron los moradores de  la funesta  residencia.

         Unos años después, el hijo mayor, que había quedado viudo y sin hijos, se presentó en la casa de la hermana, interesado por el estado de su madre. Ésta le dijo: -“Aquí la puedes encontrar”.  Y le dio una dirección.

         Al rato llega el hermano: -“No di con la residencia, me diste la dirección equivocada, allí estaba un cementerio”

         Le contesta la hermana: -“Es ahí donde está nuestra madre”. El hombre sorprendido, lloró desconsoladamente, sintiendo  en su corazón la amarga realidad. Luego exclamó acongojado: – “¡No tengo donde ir, estoy enfermo, ayúdame, por favor!”.

         – Toma las llaves de la casa de nuestra madre, allí estarás bien.

         Unos meses después, llega hasta su terruño,  el hijo menor, que no sabiendo donde  dirigirse, fue hasta la residencia, para pedir información, allí le notificaron  el triste suceso. Acto seguido, le dieron el pañuelo que contenía la foto, y que habían encontrado en un rincón de la habitación.  El hijo, al verse reflejado allí con sus padres y hermanos, recordó aquellos grandiosos  años, vividos en el regazo de su halagüeño hogar. Entonces, sintió una inmensa angustia,  la cual desgarró todos sus sentidos.

         Con expresión ausente, vagó por las calles, queriendo evadirse de tanto dolor. Al instante en su caminar, se encontró con la casa de su infancia, su mente se iluminó y presuroso llamó a la puerta, tenía el presentimiento, de  encontrar algo valioso en su interior. Efectivamente, allí estaban sus hermanos, que olvidando resentimientos, se abrazaron llenos de cariño.

         Cada año, nuevamente, la familia se reunía y  festejaban  juntos, las fiestas de antaño, presintiendo que sus padres estaban allí con ellos, gozosos de verlos felices y unidos. Y que ellos,  complacidos ayudaban a sus nietos en el árbol de navidad, y en la complicidad de los regalos del día de reyes.

          Aún así, el desasosiego, se cernía sobre ellos, oprimiendo sus sentidos, recordando el desapego que tuvieron con su madre. El hermano mayor, empeoró de su enfermedad, llegando para él, la fatalidad del cruel desenlace. Sus hermanos, en todo momento estuvieron a su lado. En cierta ocasión, notaron, que de los ojos del hermano mayor, brotaron gotas de lágrimas que resbalaron por sus mejillas. Antes de expirar, resonó en toda la habitación, su voz debilitada, que susurró muy quedo: – “Madre, perdóname”. La habitación se iluminó con un celestial resplandor, y una imagen imperceptible se acercó hasta ellos, acariciando sus rostros. Era su venerable madre, que  había regresado desde el infinito,  para darles la paz y el perdón, que tanto necesitaban. 

 

        

“Como el amor de una madre,

Nadie lo puede igualar,

Porque una madre a su hijo,

La vida y sangre le da”

Juamar

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