Las arrugas de la piel. (Zape)

Las arrugas de la piel

                    El beso

Era al atardecer, el día estaba nublado, la luz era blanca.  Observaba, sentado en el muro de piedra, la pared que tenía enfrente.  Las piedras encajaban perfectamente unas con otras, eran de un color bronce envejecido, si, de un aspecto metálico, como un puzle perfecto encajaban unos con otras, ángulos y aristas, como si hubiesen sido cortadas por la herramienta  de un dios.  Tan prefectos y de tantas diferentes formas que se dejó llevar por la tentación irresistible de seguir sus uniones con las yemas de sus dedos.

Estaba tan absorto que parecía que su mente lo había transportado a otro mundo.  Ensimismado y confuso, como anclado, intentado descifrar las claves de ese pasado que como un libro impenetrable, le ofrecía cada una de las formas de las piedras.   Algunas se mostraban como puertas, si, pequeñas puertas de extrañas formas que permanecían selladas, negándose a mostrarle lo que en su interior encerraban.  Los curiosos ojos, húmedos y vidriados, de un hombre perdido en sentimientos, confundido, preguntándole a un pasado inmediato, innumerables preguntas sin respuesta.  Sentía una felicidad serena, de placida calma, de asumida impotencia de las vivencias del día a día.   Regresaba al pasado, como buscando la explicación, de decisiones acertadas que le habían conducido a un destino no deseado, no queriendo asimilar las derrotas que el buril del tiempo, había esculpido con majestuosa mano, en el muro de la vida.

Sintió una presencia a su espalda, girándose lentamente, con mirada serena, contempló como el rostro de una bella mujer sonriente, de mirada tierna y limpia, cabellos rubios, luciendo una media melena que bien podría hacer sentir envidia a los mismísimos ángeles.  Sintió la cálida llamada de sus labios, dejándose llevar por el incontenible impulso de la dulce llamada, se fundió en reiterados besos.   El rostro complaciente, de mirada viva, si, esa mirada vivaz que da la felicidad que producen los sentimientos espontáneos.  Envuelto en un placer indescriptible, se recreaba una y otra vez en el almíbar que le ofrecía aquella boca complaciente.

De repente, un sentimiento de culpabilidad le invadió, como un veneno fulminante que se esparce irremediablemente por sus venas.  Se quedó inmóvil, incrédulo de lo que le sucedía, llegando a dudar, si un ser como él, era merecedor de tal dicha, llegó a pensar que pecaba… ¿contra quién?…  No pudiendo eludir un profundo sentido de culpabilidad que le calaba en lo más adentro de su ser.

Ella le hablaba con la mirada, con el rostro encendido de dicha, de una  serena sonrisa que solo la da certeza de estar segura de lo que hacía.  Él  le mostró las diferentes edades reflejadas en su rostro, desde un joven fuerte y seguro, a un hombre duro y curtido por las muchas desilusiones de una vida repleta de renuncias, de encrucijadas que dejaban en manos del destino la efímera felicidad.

Ella no dejaba de mirarle, hablándole con la serenidad de esos ojos repletos de alegría, de una felicidad imposible de ocultar, de la dicha de saber que le amaba más allá del tiempo, más allá de los pensamientos, sin que la razón juzgase ese divino sentimiento que no puede delimitar el espacio, de la sensación de dejarlo esparcir, envolviendo todo lo que le rodea.  Le gritaba con el pensamiento y con su luminoso rostro le trasmitía cuanto le amaba, le suplicaba que se dejara atrapar, que se dejara empapar, del elíxir divino.

Él, absorto en su melancolía, en la sombra de la indiferencia, en la pasividad de un hombre marcado por sus continuas derrotas, negándose a su propia existencia, a la evidencia que le envolvía, su incredulidad le hacía sentir el agridulce sabor del amor, de ese amor que él tantas veces había soñado y descrito creyéndolo imposible.  Jamás soñó ese amor que ahora sentía, que esos besos limpios suyos, lo dejaran perdido en el espacio-tiempo, suspendido entre el cielo y las piedras del muro.

Aturdido, agachó la cabeza, unas lágrimas recorrieron sus resecas mejillas, humedeciendo las arrugas de la edad que como las páginas de un libro, había escrito el tiempo…

Despertó, e incrédulo, comprobó que después de treinta años, aún permanecía en sus labios el sabor de aquellos besos, de aquellos labios. Siguió tendido, boca arriba, en la cama, dudando como afrontaría ese nuevo día, embriagado por la magia de su sueño, perdido en la realidad de sus recuerdos, se levantó y corrió a la playa más cercana, dibujó un corazón en la arena, no esperó, sabía que la marea se lo arrebataría para llevarlo a lomos de las olas por la inmensidad del océano.

 

28 de diciembre de 2013    Francisco Vicente González

Avatar

Acerca de Clarola

Gestora de contenido web
Marcar el enlace permanente.

2 comentarios

  1. Joer zape, solo puedo decir la palabra acojonanteeee,precioso relato ,lleno de de profundidad, metáforas y fuertes sentimientos.
    Me ha encantado, espero que sea el primero de muchos.
    Un fuerte abrazo compadre.

    • Gracias amigo Liante_, espero que le pongas voz y música. Y avísame cuando lo emitas, sera un orgullo para mi que lo interpretes con esa voz que tan bien te caracteriza.
      Un abrazo truhanssss.

Deja una respuesta