Una reflexion, por Aleksei

 

Mantente firme mientras estás ocupándote de tu propia reconstrucción. No quieras abarcar al mismo tiempo la búsqueda de la solución y su aplicación. Date tiempo para asentar las nuevas ideas y para que vayan cayendo las viejas. No tengas prisa por sanar, pues nadie más que tú está esperándote al final del camino. No te sientas presionado en este viaje personal, pues cada uno trabaja a su propio ritmo, y éste es el mío y aquel el del vecino. Disfruta de la amistad, de la alegría, de la risa, de la tristeza, del llanto, pues todo ello es positivo si del movimiento brota.

Ya sé que te gustaría fulminar esos miedos en este mismo momento, que quisieras hacerte cristalino a ti mismo para saber, de inmediato, qué camino tomar. Sé que si pudieras pondrías en balanzas todos tus anhelos y miedos, para ver si pesan más estos o aquellos y cuáles más de entre aquellos y estos. Te gustaría volver a tener la claridad del niño, que ve las cosas multicolores y sabe bien ante qué colores quiere arrodillarse y a cuáles darle la espalda. Te encantaría poder todo esto, rápidamente, pero aunque se empeñen en hacernos la vida más cómoda con esa inmediatez que carga el diablo, no hay para los asuntos del espíritu catalizador posible. Acaso sean las del espíritu las reacciones químicas más especiales que existan, aunque nadie más que uno sea testigo de ellas.

A causa de tu orgullo o de la necesidad no quieras volver a darte de cabezazos contra el muro. Él es el problema, pero no lo trates como si fuera un enemigo, trátalo más bien como aquel viejo lobo de mar que, entablando diálogo con aquel pez enorme que quería pescar, supo hacernos ver la importancia de una voluntad férrea y de la paciencia y la fuerza en que se asienta aquella. Aquel pez era un medio de perfeccionamiento de sí mismo, y gracias a él el viejo pudo hacer más tangible su ya palpable entereza. Al final del camino ha de darnos la sensación de que la virtud se ha transformado al fin en un objeto, de que se ha convertido en algo acerca de lo que podemos decir, con plena claridad y verdadera alma en la dicción, “¡he aquí mi obra!”

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